Blackfriday

 



        Son las dos de la madrugada de un jueves  trece de marzo. Es el cumpleaños de mi hermano menor, Manuel –al menos su nombre es lindo, yo me llamo Antonio–. Las últimas semanas he estado pensando en un regalo para enviarle ya que no vive conmigo.

    Yo estudio en la universidad, en una ciudad a nueve horas del pueblo donde me crié, él apenas va cursando grado séptimo y le gustan mucho los video juegos. Pienso en lo bien que bien le vendría un XBOX para pasar los fines de semana, también a mí, pero eso de las compras por internet no es lo mío, sobre todo porque no confío en la gente en estos tiempos.

    Hace unas semanas había buscado un XBOX, no sé por qué el precio estaba asequible, si la pandemia todo lo había subido. Yo quería algo para soportar el encierro. Después de pensar todo con cabeza fría no compré nada –mi situación económica no estaba muy bien que digamos–, salí de la página y revisé quien más estaba conectado a esa hora, nadie. Apagué el celular y me acosté a dormir.

    Al rato una notificación de mercado libre suena en mi celular. –Que vulnerables somos a la internet –pienso. El XBOX que había buscado estaba a mitad de precio. Ya era la madrugada del viernes y Blackfriday hacía de las suyas.

    –Esta es una señal del cielo– me dije sin darme tiempo a algún razonamiento sensato. Gasté todo mi dinero del mes que acababa de recibir, lo compré y seguí durmiendo.

    Semanas después tocaron la puerta del apartamento, me pareció raro. El XBOX que pedí había llegado, los trabajos que de manera virtual dejaban en clase me tenían absorto y no había siquiera tenido tiempo de recordar que había pedido un XBOX innecesario en una noche loca de compras en internet.  

    No negaré que estaba súper emocionado, por un momento mandé al carajo los trabajos, era justa una sana diversión. Con mucha ilusión puse el paquete sobre la mesa, era extrañamente pesado, la destapé como pude, quería probarlo inmediatamente, pero lo único que encontré en la caja fue un sólido y pesado ladrillo. ¡No puede ser! Grité enfurecido. Mis vecinos de apartamento se alarmaron, creían que me había infectado de Covid y acababa de enterarme.  A mí me dio pena decir que me habían estafado, así que declaré que tenía el virus, –lo contraje por bobo–, me decía.

    Dejé el ladrillo debajo de mi mesa de estudio. Algunas veces, cuando estiro los pies me topo con él, me recuerda que no todo lo que brilla es oro, en especial por la internet.

        Hola, me llamo Laura. Gracias por leerme. Si te gustó mi relato puedes compartirlo, dejar un comentario en el blog o seguirnos.

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